En las últimas décadas, el desarrollo tecnológico global ha estado fuertemente condicionado por la computación basada en silicio, cuya expansión ha sustentado la revolución digital contemporánea. El silicio ha emergido como el material más preciado del mundo —su valor es comparado al oro o el petróleo— debido a su papel fundamental en la fabricación de chips y semiconductores.
El silicio es el material semiconductor más común e indispensable para la fabricación de chips. Estos componentes están en casi todos los productos que se utilizan a diario, desde electrodomésticos y automóviles hasta teléfonos inteligentes y computadoras. El término “semiconductor” se refiere a un material que tiene mayor conductividad eléctrica que un “aislante”, pero menor que un “conductor”. Son la base de la tecnología moderna. Sin ellos, miles de millones de dispositivos en todo el planeta no funcionarían. La digitalización de nuestras vidas ha llevado a que se hable de los semiconductores como el “nuevo petróleo”.
Sin embargo, recientes avances científicos han comenzado a explorar alternativas a este paradigma, dando lugar a nuevas líneas de investigación dentro del campo de la computación biológica. Entre ellas, la utilización del micelio fúngico como soporte para el procesamiento de información emerge como una de las propuestas más innovadoras.
El micelio —estructura filamentosa que constituye la base de los hongos— ha demostrado poseer propiedades eléctricas capaces de transmitir señales y modificar su comportamiento en función de estímulos externos. Estas características han llevado a diversos investigadores a estudiar su potencial como sistema de procesamiento de información.
En particular, algunos estudios sugieren que el micelio puede comportarse como un memristor, un tipo de dispositivo cuya resistencia depende del historial de corriente eléctrica. Esta propiedad permite almacenar información y emular procesos similares a las sinapsis neuronales, lo que lo posiciona como un candidato relevante para el desarrollo de sistemas neuromórficos.
Experimentos realizados con especies como el shiitake han mostrado que el micelio puede funcionar como un dispositivo de memoria bioelectrónica, alcanzando niveles de precisión significativos en la transmisión de señales eléctricas y operando en rangos compatibles con aplicaciones computacionales básicas. Este comportamiento sugiere la posibilidad de integrar almacenamiento y procesamiento en un mismo sustrato biológico, rompiendo con la arquitectura clásica de la computación digital.
Desde una perspectiva tecnológica, estos sistemas presentan ventajas potenciales frente al silicio: bajo costo de producción, biodegradabilidad, capacidad de autoorganización y menor demanda energética. En este sentido, la computación fúngica se inscribe dentro del campo más amplio de la informática neuromórfica, orientada a replicar la eficiencia y plasticidad del cerebro humano.
No obstante, estas tecnologías se encuentran aún en una etapa experimental. Persisten desafíos relevantes en términos de estabilidad, escalabilidad, control de variables biológicas e integración con infraestructuras digitales existentes.
La industria global de semiconductores constituye uno de los pilares de la economía contemporánea, impulsada por sectores como la inteligencia artificial, las telecomunicaciones, la industria automotriz y la electrónica de consumo. Su valor supera los cientos de miles de millones de dólares y continúa en expansión.
Sin embargo, la producción de semiconductores se encuentra altamente concentrada. La región de Asia-Pacífico domina el mercado global, mientras que un número reducido de empresas concentra la fabricación de chips avanzados. Esta configuración genera una marcada asimetría en la distribución del poder tecnológico.
En este escenario, América Latina y el Caribe presentan una participación marginal en la cadena de valor. La región se posiciona principalmente como consumidora de tecnología basada en silicio, con escasa capacidad de producción, diseño o innovación en el sector.
Países como Brasil, México y Argentina dependen de la importación de dispositivos y componentes electrónicos para el funcionamiento de sectores clave como telecomunicaciones, industria, transporte y servicios digitales. Esta dependencia genera vulnerabilidades estructurales frente a interrupciones en las cadenas globales de suministro y tensiones geopolíticas.
Asimismo, la concentración de la producción en Asia —donde se fabrica la mayor parte de los semiconductores del mundo— refuerza la dependencia tecnológica de regiones periféricas como Sudamérica, limitando su autonomía en la economía digital.
En este contexto, la emergencia de tecnologías como la computación fúngica abre la posibilidad de una reconfiguración parcial de la geografía del poder tecnológico global.
A diferencia del modelo basado en semiconductores —caracterizado por su alta complejidad industrial, costos elevados y concentración geográfica—, los sistemas biológicos presentan condiciones potencialmente más accesibles para su desarrollo. La posibilidad de cultivar materiales vivos, con menor dependencia de infraestructuras industriales pesadas, podría favorecer modelos más descentralizados de innovación.
Para regiones como Sudamérica, esto representa una oportunidad estratégica. En lugar de competir directamente en la industria de semiconductores —donde las barreras de entrada son extremadamente altas—, podría explorarse el desarrollo de nichos tecnológicos vinculados a la biotecnología, la bioelectrónica y la computación neuromórfica.
No se trata de un reemplazo inmediato del silicio, sino de la apertura de un campo complementario que, a largo plazo, podría modificar parcialmente las lógicas actuales de dependencia tecnológica.
De alguna manera, la computación basada en micelio fúngico representa una de las fronteras más innovadoras en la intersección entre biología y tecnología. Si bien su desarrollo aún es incipiente, sus implicancias trascienden el ámbito científico y se proyectan hacia dimensiones económicas y geopolíticas.
En un mundo donde el poder tecnológico se encuentra fuertemente concentrado, la exploración de alternativas como la computación biológica puede abrir nuevas posibilidades para regiones periféricas. En este sentido, Sudamérica enfrenta el desafío —y la oportunidad— de pensar estrategias de desarrollo que no se limiten a replicar modelos existentes, sino que aprovechen sus propias capacidades para insertarse en tecnologías emergentes.
Así, el micelio no solo aparece como un objeto de estudio científico, sino también como un símbolo de una posible transición hacia modelos tecnológicos más sostenibles, distribuidos y accesibles. En esa transición, podría comenzar a delinearse una nueva geografía del conocimiento y del poder en el siglo XXI.
Para bajarla a un ejemplo concreto, el teléfono móvil constituye uno de los dispositivos más representativos de la economía digital contemporánea. Su análisis permite visualizar con claridad no solo la arquitectura tecnológica dominante, sino también las relaciones de poder que estructuran la producción global de tecnología.
En la actualidad, un smartphone integra múltiples componentes basados en semiconductores de silicio —procesadores, memorias, sensores y módulos de conectividad— cuya producción se encuentra altamente concentrada en empresas como TSMC o Samsung Electronics. Este modelo productivo depende de cadenas globales complejas, intensivas en capital, conocimiento especializado e infraestructura industrial avanzada.
Desde esta perspectiva, el celular no es únicamente un dispositivo de comunicación, sino un nodo material de la geopolítica tecnológica global que marca una dependencia estructural.
En regiones como Sudamérica, el acceso a teléfonos móviles implica una inserción dependiente en la cadena global de valor. Países como Argentina participan mayormente en etapas de consumo o ensamblado, mientras que el diseño, la fabricación de chips y el control tecnológico permanecen concentrados en el exterior.
- Esta situación genera múltiples niveles de dependencia:
-Dependencia tecnológica: incapacidad de producir componentes críticos.
-Dependencia económica: necesidad constante de importaciones.
-Dependencia estratégica: vulnerabilidad ante crisis globales o tensiones geopolíticas.
Un ejemplo concreto de esta vulnerabilidad se evidenció durante la escasez global de semiconductores, que afectó tanto la disponibilidad de dispositivos electrónicos como la producción industrial en diversos sectores.
Frente a este modelo concentrado, la computación fúngica introduce una lógica potencialmente diferente. Tal como se analizó previamente, no se trata de reemplazar completamente el silicio, sino de avanzar hacia dispositivos biohíbridos, en los cuales ciertos componentes puedan ser sustituidos por sistemas biológicos.
- En el caso del celular, esto implicaría:
-Memoria biológica (micelio como memristor).
-Sensores vivos (capaces de interactuar con el entorno).
-Procesamiento adaptativo de bajo consumo.
Esta transformación no elimina la necesidad de componentes electrónicos, pero sí introduce una capa tecnológica alternativa con características distintivas: menor costo potencial, menor consumo energético y posibilidad de producción en entornos descentralizados.
Esto no implica una sustitución inmediata del sistema vigente, pero sí la apertura de un espacio tecnológico donde regiones periféricas podrían desarrollar capacidades propias sin competir directamente con las potencias del silicio.
En este marco, el teléfono móvil hoy representa: la máxima expresión de la dependencia tecnológica global.
- Pero en un escenario futuro podría transformarse en:
-un dispositivo parcialmente desacoplado de las cadenas globales;
-un sistema híbrido con componentes desarrollados localmente;
-una plataforma de experimentación en tecnologías biológicas.
Este pasaje, aunque gradual, tiene implicancias profundas: redefine no solo cómo se produce la tecnología, sino también quién puede producirla.
La incorporación de la computación fúngica en dispositivos como el celular no debe ser interpretada como una simple innovación técnica, sino como parte de una transformación más amplia en la relación entre tecnología y poder.
En un contexto global marcado por la concentración de capacidades productivas en torno al silicio, la emergencia de sistemas bioelectrónicos abre la posibilidad de explorar modelos alternativos de desarrollo tecnológico. Para regiones como Sudamérica, esto implica la oportunidad de construir trayectorias propias en sectores donde las barreras de entrada son potencialmente menores.
El desafío no radica únicamente en el avance científico, sino en la capacidad de articular estos desarrollos con estrategias productivas, educativas y políticas que permitan transformar la innovación en autonomía.
Así, el celular —objeto cotidiano y símbolo de la globalización tecnológica— puede convertirse también en el punto de partida para imaginar una nueva geografía del poder tecnológico, donde lo biológico y lo digital se articulen en formas más distribuidas, accesibles y territorialmente situadas.









