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Vencedores vencidos: conflicto Irán vs Israel desde Argentina

10 Abr 2026 | Opinión

Por Matías Roman Avecilla

A casi un mes y medio del inicio formal del conflicto (28 de febrero de 2026), la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos entró en una fase que muchos analistas ya comenzaron a describir como el embrión de una Tercera Guerra Mundial fragmentada.

Pasaron 43 días de conflicto abierto, un tiempo breve en calendario, pero suficiente para mostrar algo más profundo: no hay victoria posible, solo escalada de conflicto. Una guerra entre potencias y una resistencia inesperada.

El conflicto comenzó con ataques coordinados de Estados Unidos e Israel sobre instalaciones estratégicas iraníes. La lógica parecía clara: con una superioridad tecnológica occidental, golpe rápido y decisivo, y neutralización de Irán, pero frente a todos los pronósticos ocurrió lo contrario. Irán respondió con una estrategia distinta: drones de bajo costo, misiles simples pero masivos y ataques distribuidos, generando así una guerra donde la asimetría reemplazó a la superioridad. Se instala así una nueva lógica bélica donde resistir no necesariamente implica agonía; resistir es ganar. Mientras EE.UU. e Israel emplearon tecnología de altísimo costo, Irán utilizó recursos más limitados, pero sostenibles.

La guerra de Irán vista desde Argentina

La guerra empezó a sentirse no solo en Medio Oriente, sino también en países lejanos como Argentina. Lo que parecía una guerra clásica entre potencias se transformó en algo más complejo. Pareciera ser que la ecuación cambió: ya no gana el más fuerte, gana el que resiste. Y eso tornó el conflicto más largo, más incierto y más peligroso. Hoy el mundo entero está en estado de alerta. Cada decisión política puede escalar la guerra, cada movimiento puede tener consecuencias globales. Cada declaración puede impactar en mercados, energía o seguridad. Nada queda aislado.

Incluso en Argentina, el conflicto se tradujo en temor por el precio de los combustibles, incertidumbre económica y sensación de que algo lejano puede volverse cercano. Argentina no observa este conflicto como un país neutral cualquiera. Nuestro país alberga una de las comunidades judías más importantes del mundo, con entre 200.000 y 300.000 personas, la más grande de América Latina; eso le da al conflicto un peso particular. Pero hay algo más profundo: la memoria de los atentados a la Embajada de Israel y a la AMIA, donde Irán fue señalado como responsable intelectual del ataque a la AMIA. ¿Puede Argentina quedar expuesta nuevamente en un escenario global de tensión? No es una hipótesis lejana.

El Gobierno elevó el nivel de seguridad nacional ante el conflicto. La comunidad judía local ha seguido de cerca cada movimiento. La política exterior argentina está alineada con EE.UU. e Israel. Argentina no está en la guerra, pero tampoco está fuera del mapa.

En el corazón de Irán e Israel, la guerra también es cultural. Todos los ciudadanos de ambas comunidades han sufrido con certeza la pérdida de algún familiar, y esto transforma la guerra en una batalla cultural de venganza y justicia familiar. Se pelea por identidad, religión y nación. Hay así individuos dispuestos a morir por una causa, ataques individuales (“lobos solitarios”) o jóvenes que se enrolan sin dudar en defensa de su país. No es solo estrategia, es convicción absoluta, y esto torna inviables pactos de paz.

Como en toda guerra, hay sectores que ganan: la industria armamentista en Estados Unidos crece, aumenta la demanda de tecnología militar, pero el saldo real es otro: civiles afectados, economías tensionadas, sociedades con miedo y países en alerta. La humanidad pierde más de lo que gana.

Argentina ya vivió algo similar. Con Carlos Menem, el país se alineó con EE.UU. en la Guerra del Golfo. Podemos decir que, entre Menem y Milei, hay una línea de continuidad: el intento de insertar a Argentina en el tablero global. Pero también hay una advertencia de la historia: en un mundo en conflicto, cada alineamiento tiene consecuencias. Y cuando las guerras ya no tienen fronteras claras, ningún país está completamente a salvo.

La diferencia de la inserción mundial entre la política exterior de Menem y la actual es el contexto: antes eran guerras delimitadas; hoy son conflictos difusos, sin fronteras claras.

El peso de Irán en el escenario mundial reside en el petróleo, su industria nuclear, su dimensión territorial y poblacional en un lugar estratégico: el estrecho de Ormuz. El Estrecho de Ormuz no es solo un paso marítimo, es una “válvula” del sistema energético global. Con un canal navegable de 3 km de calado profundo, pasó de tener 100 barcos por día a menos de 10, dando una señal de crisis mundial. El Estrecho de Ormuz demuestra que, en el mundo moderno, un punto geográfico puede influir en continentes enteros.

Irán es una potencia energética mundial y está entre los principales productores de petróleo. Produce millones de barriles diarios, tiene enormes reservas de gas y crudo, lo que lo convierte en un actor clave en el precio global de los combustibles. Por eso, cualquier conflicto con Irán impacta directamente en la logística mundial.

Argentina mira el conflicto con una particularidad: alberga una de las comunidades judías más grandes del mundo; la presencia iraní es mínima, casi invisible. Mientras que la comunidad judía en Argentina tiene más de 180.000 personas, existen tan solo 2.000 iraníes en el país. La diferencia es abismal. Esto genera un desequilibrio natural en la percepción social:
-mayor identificación histórica con Israel,
-mayor impacto emocional por los atentados,
-menor conocimiento directo de la cultura iraní.

Para dimensionar a Irán, su territorio es 5 veces la provincia de Buenos Aires, tiene dos veces la población de Argentina y produce 4 millones de barriles de petróleo por día, la misma capacidad que Brasil, y controla el estrecho por donde transita el 20 por ciento del petróleo del mundo.

En Irán, paradójicamente, el voto existe, pero el poder ya tiene dueño; el sistema establece previamente los límites de esa decisión. En Argentina, el presidente es la máxima autoridad surgida del voto popular, mientras que en Irán el presidente es una figura importante, pero subordinada a un poder superior: el Líder Supremo, que no se elige en elecciones abiertas. Es la máxima autoridad del país, tiene poder sobre las fuerzas armadas, la Justicia, la política exterior, los servicios de inteligencia y los medios estatales. Decide las grandes líneas del país y puede vetar decisiones y nombrar cargos claves. Está por encima del presidente y no se elige por voto popular directo.

El líder supremo de Irán hoy es Mojtaba Khamenei, quien asumió el poder en pleno conflicto, heredando el mando de su padre, Ali Khamenei, que lo había detentado durante más de 3 décadas, desde 1989, cuando fallece el líder de la revolución iraní y fundador del sistema actual.

Argentina declaró persona no grata al encargado de negocios de Irán, dándole 48 horas para abandonar el país, luego de que Milei declarara a la Guardia Revolucionaria de Irán como organización terrorista, generando un ida y vuelta entre las cancillerías de ambos países, con alineaciones diametralmente opuestas frente al conflicto.

Estados Unidos aparece en este conflicto como ese gran boxeador que históricamente gana las peleas, pero que a lo largo del tiempo acumula golpes invisibles. Como en aquella brutal trilogía entre Muhammad Ali y Joe Frazier, donde ambos terminaron al límite, sin margen, cerca de tirar la toalla, la potencia norteamericana sigue en pie, pero cada enfrentamiento deja marcas. Detrás de cada ofensiva hay intereses concretos —una industria militar que se fortalece, contratos que crecen—, pero en la otra esquina no hay estadísticas: hay civiles, ciudades y vidas que no vuelven. Y ahí es donde la victoria empieza a parecerse demasiado a una derrota, sobre todo cuando se la contrasta con el propio discurso norteamericano de salvaguardar la vida y los derechos humanos de los ciudadanos del mundo.

La guerra, vista desde lejos, parece un tablero ordenado. Estrategias, potencias, movimientos calculados. Como si alguien tuviera el control. Pero cuando baja al terreno real, se parece mucho más a una discusión de tránsito en cualquier calle. Al principio, todo parece claro: uno hizo mal una maniobra. El otro tiene razón. Como ese conductor que dobla sin señal o frena de golpe. Entonces alguien baja del auto a “poner orden”, a marcar el error. Ahí todavía hay lógica, hay una idea de corrección. Pero en segundos, todo cambia. El otro responde mal. No hay reglas claras, o directamente no las respeta. Es como un auto sin seguro, sin frenos, sin condiciones mínimas para circular. Y entonces la discusión deja de ser sobre quién tenía razón y pasa a ser sobre quién escala más rápido. Uno levanta la voz. El otro empuja. Aparece un palo. Después un cuchillo. Y en ese punto ya nadie está corrigiendo nada: todos están reaccionando. La guerra se transforma en eso. Lo que empezó como un movimiento calculado se vuelve una cadena de respuestas desordenadas, donde la superioridad inicial pierde sentido frente a la imprevisibilidad del otro. La lógica deja paso a la reacción. Y la reacción, a la escalada. Como en la calle, nadie gana.

El que “tenía razón” termina envuelto en un conflicto que no necesitaba. El que reaccionó mal agrava todo. Y el resultado final es siempre peor que el punto de partida.

Por eso, algunas guerras —como esas discusiones que se descontrolan en segundos— terminan dejando una sensación incómoda: los que parecían vencedores, en realidad, también quedaron derrotados. Porque hay conflictos que, una vez que empiezan a escalar, ya no se pueden ganar. Solo se pueden sufrir.

Esta semana el conflicto entró en una pausa tensa, más cercana a una tregua estratégica que a una paz real. En los últimos días, se declaró un alto al fuego, resultado de una mediación impulsada por Pakistán, que logró sentar a las partes en una negociación a contrarreloj.

El punto de quiebre llegó cuando Estados Unidos emitió un ultimátum final. Frente a esa amenaza, Irán respondió con una estrategia tan simbólica como contundente: movilizó a civiles, familias y niños hacia puentes, centrales energéticas o infraestructuras claves del país.

No como un gesto improvisado, sino como un mensaje político directo al mundo: cualquier ataque tendría un costo humano imposible de justificar.

Esa escena terminó por forzar una pausa. El alto al fuego fue celebrado globalmente, pero en Irán la lectura fue distinta: “Acordamos un alto al fuego, pero con el dedo en el gatillo”. No hay confianza posible, hay cálculo. Llamativamente, el mismo día del acuerdo del alto al fuego, Israel ejecutó su mayor andanada de bombardeos contra el Líbano, matando al menos 182 personas, amenazando así con descarrilar un acuerdo de por sí frágil.

Los 10 puntos del acuerdo (una tregua condicionada):

  1. Cese inmediato de ataques directos entre Irán, Israel y fuerzas estadounidenses.
  2. Suspensión del uso de misiles balísticos y drones de largo alcance.
  3. Garantía de no agresión a infraestructuras energéticas estratégicas.
  4. Protección de rutas marítimas, especialmente en el Estrecho de Ormuz.
  5. No ampliación del conflicto hacia terceros países de la región.
  6. Intercambio limitado de información para evitar escaladas accidentales.
  7. Compromiso de no movilizar nuevas fuerzas militares en zonas sensibles.
  8. Supervisión internacional informal a través de países mediadores.
  9. Revisión del acuerdo cada 15 días según evolución del conflicto.
  10. Cláusula de ruptura automática ante cualquier violación significativa.

Una paz que no es paz

Este alto al fuego no resuelve el conflicto. Apenas lo contiene. No desactiva las causas de fondo, no reconstruye confianza, no redefine el equilibrio de poder. Es, en todo caso, una pausa en una guerra que sigue latente. Porque cuando una guerra llega a este punto —donde la negociación se hace con civiles en los puentes y con amenazas abiertas— lo que se firma no es un acuerdo de paz. Es un acuerdo de supervivencia.

Las guerras modernas ya no resuelven disputas, las profundizan. Hoy los conflictos no generan estabilidad posterior, no ordenan el mundo, no construyen futuro, solo producen desgaste. Irán resiste, Israel golpea y Estados Unidos interviene, pero el resultado es el mismo: una humanidad más frágil, más dividida y más expuesta.

Cuando una guerra se sostiene en la identidad, en la historia y en la convicción absoluta, deja de ser racional; y cuando deja de ser racional, ya no importa quién tiene más poder, porque nadie puede detenerla. De alguna manera, en estos conflictos, la verdadera pregunta no es quién va a ganar, sino cuánto va a perder el mundo.